viernes, abril 6

Texto publicado en revista "Mal de ojo" para proyecto FONDART "Escrituras y Sonidos del Desierto" (Copiapó 2016)

La memoria como testimonio de vida y arraigo: El fortalecimiento de la identidad mediante el arte. 

¿Cómo encontrarnos a nosotros mismos en la actual jungla multicultural? ¿Cómo saber cuáles son las tantas historias ancestrales de las que estamos construidos? ¿Para qué sirve la identidad, la memoria, o eso que llaman “Patrimonio”? ¿En qué nos afecta no tener memoria o perdernos con todo lo nuevo? ¿Cómo reflejarnos en un paisaje destruído y víctima del extractivismo y del modelo económico actual?

La multiculturalidad que se da en la actualidad versus la cultura hegemónica que nos han impuesto desde principios del siglo XX nos confunde, nos provoca un problema identitario que nos eleva al vacío de no sentirnos identificados con esa cultura ajena a nuestros territorios, no necesariamente tangibles. Esta multiculturalidad de la que hablo se unifica en el mismo paisaje y territorio que cobija a un grupo de seres humanos que conviven dentro de un sistema en común, y que da pie a nuevos recuerdos y a la nueva memoria, que se va resignificando a diario, entre todo el conjunto de actores, a medida que avanza el tiempo. Cambia la naturaleza y el modelo de “desarrollo” se confunde con una evolución que a veces no es tal, y que se va haciendo cargo de cambiar nuestros paisajes y de dejarnos en un terreno memorial baldío. Por el contrario, esta evolución se puede encontrar de forma positiva, en las nuevas ideas de sanar malas prácticas en el ámbito político y social,  y con respecto al cuidado de nuestro entorno, volviendo un poco atrás, a nuestros ancestros, a aquellos conectados con la Kellollampu, al valle de Tierra Amarilla, terreno hermoso y empolvado del que hablaban los Quechuas.

La música, la poesía y el arte en general, nos traen constantemente esos recuerdos intactos a la piel, por medio de las obras que van impregnando de momentos e imágenes parte de nuestra historia, siempre viva en nuestros genes, no siempre en nuestras memorias. 

Observando el valle ¿podemos construir memoria? La respuesta que tengo en la cabeza es: si, se puede. Mediante la imagen poética que surge de nuestro entorno podemos ir construyendo esa memoria perdida. El arte que se impregna en obras, nunca más se destruye y puede viajar de boca en boca, oído en oído o de mano en mano, apelando a las antiguas formas de transmisión, en este caso, el folklore, que constantemente logra resignificarse, de forma gratuíta, visceral y natural, en las diversas percepciones de quien accede a estas obras andantes y portadoras de nuestra memoria. 


Saber quiénes somos y cuál es nuestro territorio actual, nos da pie a poder identificarnos, a conseguir ese arraigo natural que se da con la tierra y el paisaje, y que además nos da un claro camino a seguir en nuestras vidas, porque sabemos quiénes somos y hacia dónde queremos ir. Hacer florecer el valle en cualquier época del año con una poesía hecha canción, que nos invoque el sonido del viento o del polvo arrastrado por éste, de los pájaros y árboles de la zona, de nuestros cielos y las sonrisas de nuestros niños jugando en el desierto. Creo que el asunto es detener la máquina, observarnos y contemplar nuestro espacio, sea cual sea, y desde ahí construir nuestra memoria, nuestras necesidades y nuestros cultivos y futuras cosechas. 

Vilú, compositora y gestora cultural chilota. 
Mayo, 2016. 




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