Trabajar en Sello Baladro: memoria, procesos y convicción

 

Reflexión situada sobre la construcción de un proyecto cultural público, sus metodologías, alcances territoriales y las tensiones institucionales que atraviesan la cultura cuando se intenta democratizarla de manera real.



Quería comenzar este texto comentando que trabajo hasta este fin de mes en Sello Baladro desde un lugar que no fue decorativo ni secundario. Fui parte sustantiva de su construcción: en la escritura de los proyectos que le dieron forma, en el diseño de la metodología del área educativa y de mediación artística, y en una visión que entendió desde el inicio que un sello público no podía limitarse a producir fonogramas, sino que debía formar, acompañar, vincular y dejar capacidad instalada en el territorio.

Los proyectos se pensaron desde una base clara: la democratización real de la cultura, no como consigna, sino como práctica. Desde ahí se levantaron procesos como la Escuela Comunitaria del Sonido (de la cual, me hicieron saber, seguiría a cargo debido a los tantos compromisos adquiridos y experiencia en el área), las Residencias y Salas de Ensayo con enfoque de derechos, Pudahuel en Beatz como plataforma de formación y profesionalización de juventudes, y el cruce intergeneracional de Baladro Mayor. Todo esto sostenido por una lógica de vinculación territorial, donde artistas, vecinas, jóvenes, personas mayores y comunidades educativas no fueran usuarios pasivos, sino protagonistas activos.

Diseñé metodologías que integraban mediación, evaluación de procesos, paridad, memoria y acompañamiento continuo. Se trabajó con criterios claros de seguimiento, con instrumentos de evaluación pensados para mejorar —no para castigar— y con una ética de cuidado que entendía que los procesos culturales requieren tiempo, confianza y presencia. Nada de esto fue improvisado: se basó en años de experiencia en gestión cultural pública, mediación artística y trabajo comunitario.

Por eso duele. Duele con una mezcla difícil de nombrar entre ternura y rabia. Ternura por todo lo que se logró levantar colectivamente, por las trayectorias que comenzaron a ordenarse, por las confianzas que se tejieron con esfuerzo y cuidado. Rabia, porque decisiones tomadas desde lógicas opacas y sin lectura profunda del proyecto terminan descabezando procesos de vinculación, interrumpiendo continuidades y dejando comunidades sin los referentes que sostenían el trabajo cotidiano.

No hablo desde el ego, sino desde una responsabilidad política y ética: fui parte constitutiva del proyecto actual de Sello Baladro, no solo en su forma, sino en su sentido. Cuando se corta ese hilo sin diálogo ni reconocimiento, lo que se trunca no es una carrera individual, sino procesos colectivos que estaban en pleno desarrollo. Expectativas legítimas quedan suspendidas, y el daño no siempre es inmediato, pero sí profundo.

Aun así, me voy con orgullo. Orgullosa de haber levantado —por segunda vez— un sello discográfico (ahora desde el sector público/Municipal. Anteriormente fundé junto a otros músicos "Remolino Discos", parte de los 4 brazos de la Asociación Musical Remolino donde fui presidenta por 4 años desde su fundación). Sello Baladro se creó con una mirada territorial y latinoamericana, único en su tipo. Orgullosa de haber empujado, junto a Luis Pezoa, A.k.a. Doctor Pez, una forma de hacer política cultural que entiende que la excelencia no está reñida con la comunidad, y que una comuna periférica puede producir cultura de alto nivel sin pedir permiso para cada movimiento que, sabemos, muchas veces se trunca por egos políticos e ignorancias derivadas de falta de experiencia en cultura comunitaria de calidad.

No continuaré de manera oficial en este proyecto. No por decisión propia, sino por dinámicas que se alejan del principio de buen vivir que decimos sostener como comunidad municipal, desde mi perspectiva. Sin evaluación, sino un tema delicado donde mi cabeza, año trás año, tiene un precio. Duele constatar que no siempre existe la disposición a leer los proyectos en su totalidad ni a comprender su impacto político-cultural a largo plazo.

Sin embargo, el trabajo queda. Quedan las metodologías diseñadas, los procesos iniciados y su planificación 2026 y a largo plazo, las comunidades activadas y una experiencia concreta que demuestra que otra forma de hacer cultura pública es posible. Me retiro con la tranquilidad de haber trabajado con coherencia y convicción, y con la certeza —que nadie puede borrar— de haber sido una de las creadoras fundamentales de este proceso.


 





“Los proyectos valiosos, significativos y con un profundo acervo artivístico, pueden interrumpirse administrativamente, pero los procesos que tocan a las comunidades no se detienen por capricho, sino que se irradian a lo largo del tiempo y son fundamentales para la construcción de la memoria colectiva.”


Comentarios

Entradas populares de este blog

Ensayo:La importancia de la trascendencia de la obra y performance de una cantora chilena para lograr visibilizar la historia de una detenida desaparecida, madre y embarazada

Destacada mención en investigación etnomusicológica sobre la mùsica chilota

A dos años del estallido social: Vilú lanza “Niñez”